¿Quién no ha escuchado alguna vez frases como “no soy bueno en matemáticas” o “no he nacido con talento para ser escritor”? Para ser honestos, seguro que incluso habremos pronunciado alguna parecida. Son afirmaciones que revelarían lo que la psicóloga estadounidense Carol Dweck  denomina una “mentalidad fija”, opuesta a la “mentalidad de crecimiento” que nos impulsa a creer que siempre podemos mejorar con esfuerzo y dedicación. La buena noticia es que, si alguna vez fue “víctima” de esa mentalidad fija, no debería tirar la toalla: no nacemos con una u otra mentalidad, sino que éstas se cultivan, son cambiantes y dependen de nosotros mismos.

Las consecuencias que tiene creer que nuestra inteligencia y nuestra personalidad pueden ser desarrolladas, en vez de ser rasgos innatos e inamovibles con los que debemos apañarnos durante toda la vida, son enormes. Tras veinte años de investigación, Dweck concluyó que esa visión que adoptamos de nosotros mismos afecta profundamente nuestra conducta y por consiguiente nuestros logros, no solo en el trabajo o los estudios, sino en todas las áreas de la vida, muy especialmente en nuestras relaciones de pareja y familiares. Como una suerte de profecía autocumplida. Porque una persona con mentalidad de crecimiento adora los desafíos, no se deja desalentar por el fracaso y, lejos de desanimarse antes las críticas, las aprovecha para aprender.

El alumno, protagonista de su aprendizaje

La propuesta de Carol Dweck es diferente a la de cierta corriente muy extendida en algunos colegios y educadores y que dice que todos los niños tienen tremendas capacidades y talentos y el sistema educativo los desperdicia sin piedad. Dweck por el contrario parte del principio de que el talento, las aptitudes o el temperamento iniciales son de hecho diferentes en cada persona (no necesariamente “tremendos”) y la clave es que cada persona puede modificarlos y crecer a través de su esfuerzo y experiencia. La visión de Dweck pone por tanto el peso en la responsabilidad individual del que aprende, quien por supuesto puede ser motivado o desanimado por el sistema. Dweck no transmite que todos los niños serían Einstein, Beethoven o coreógrafos de fama mundial si el sistema no machacase su “tremendo potencial” innato. Lo que Dweck señala, y sus investigaciones avalan, es que el verdadero potencial de una persona no puede conocerse porque es imposible determinar de antemano hasta dónde puede llegar con su propio esfuerzo, pasión y aprendizaje, pero donde llegue finalmente dependerá en buena medida de si opera con una mentalidad fija o de crecimiento. En otras palabras, de acuerdo con Dweck, el alumno es el protagonista de su aprendizaje.

Partiendo de ese papel clave de la responsabilidad individual y el esfuerzo, son muchas las acciones que una institución educativa puede desarrollar para acompañar al alumno en esa apasionante aventura. Tal y como señalaba en una entrevista  el CEO de Microsoft, Satya Nadella, en el mundo profesional “a los aprendelotodo les va mejor que a los sabelotodo”, y ese es un afán que un colegio debe inculcar desde el primer día; recordar al alumno, mediante sus métodos de enseñanza y también de evaluación, que él o ella están ahí para mejorarse día a día y sacar lo mejor de sí mismos, no para demostrar nada a los demás.

Felicitar por el esfuerzo

Debemos poner énfasis en el proceso (el poder del todavía), y fomentar la pasión de aprender por aprender, no por sacar la nota. Y valdría la pena aclarar que no es una institución educativa que manifieste que las evaluaciones o los exámenes son una imposición del sistema y estaríamos mejor sin ellos. Los exámenes cumplen una valiosa función como herramienta que nos ayuda a comprobar dónde está el alumno según determinados parámetros. Pero tenemos claro que no son la única medida del éxito educativo, y ni siquiera la principal. Tal y como señala Dweck, un sistema pedagógico basado únicamente en las calificaciones de tests o exámenes modela personas a las que “les cuesta terminar el día sin un premio”, ya que necesitan esa aprobación externa como medida de su valor cuando no se les ha inculcado la automotivación del trabajo bien hecho y el crecimiento personal.

Cuando Dweck pide a padres y profesores que feliciten “de forma sabia”, se refiere que alaben a su hijo o alumno por “el esfuerzo” que ha debido costarle alcanzar un determinado logro y eviten a atribuirlo a “lo inteligente” que es. Con lo primero estaríamos reforzando la mentalidad de crecimiento, y cuando el éxito no se produzca será cuestión de esforzarse más; con lo segundo apelaríamos a la mentalidad fija, y cuando el éxito no se produzca el niño o joven asumirá con facilidad que no es tan inteligente como en principio se pensaba, y evitará los desafíos que puedan reforzar esa imagen negativa de sí mismo. Por eso, tal y como dice Dweck, “si los padres quieren hacer un regalo a sus hijos, lo mejor que pueden hacer es enseñarles a amar los desafíos, a dejarse intrigar por los errores, a disfrutar del esfuerzo y a seguir aprendiendo. De esta manera, sus hijos no tendrán que ser esclavos del elogio ajeno, pues contarán con una forma de construir y reparar su autoconfianza a lo largo de toda la vida”.

IB, la mentalidad de crecimiento en acción

A la hora de elegir qué bachillerato cursar, si el Bachillerato Internacional, el español o los A Levels, lo habitual, en prácticamente cualquier centro educativo, es informar a las familias y a los alumnos de que el BI es “más exigente”, porque requiere que los jóvenes estudien de forma más independiente, sean buenos gestores de su tiempo, realicen un trabajo de investigación, tengan una actitud inquisitiva y potencien su desarrollo personal mediante actividades de Creatividad, Actividad y Servicio a la comunidad. En este sentido, resulta innegable que es un programa de estudios que a priori atrae más a alumnos con esa mentalidad de crecimiento, dispuestos a afrontar el desafío. Pero la recompensa que encuentran es que la forma de enseñar y de aprender que distingue al Programa del Diploma del Bachillerato Internacional responden también a esa mentalidad de crecimiento y estimulan la pasión por el aprendizaje que va a acompañarles toda la vida.

Asimismo, si destaca el emprendimiento como parte de su ADN, es precisamente porque lo que define a un emprendedor es su voluntad de buscar desafíos, de disfrutar del esfuerzo y de ver los fracasos como oportunidad para el aprendizaje. Los emprendedores tienen mentalidad de crecimiento. Dentro de nuestro programa de estudios todos los alumnos realizan un Proyecto Emprendedor en el que desarrollan competencias como la comunicación o el trabajo en equipo. Pero más allá de este proyecto específico, el emprendimiento como mentalidad permea todo lo que se hace en el College, la forma en la que se abordan las distintas asignaturas o las Extended Experiences que ofrecemos para que los alumnos completen el requisito CAS del Bachillerato Internacional.

“Mindset: la actitud del éxito” es, en definitiva, uno de los mejores elogios del esfuerzo que se han escrito en los últimos años, y desde luego en creemos en el poder de la educación para fomentar esa mentalidad.